La Edad del Amor 

 Como todos los días, aquel 3 de octubre Unquillo iniciaba otro amanecer en perfecta paz: A lo lejos la aurora matinal empezaba a vestir sus serranías de hermosos jazmines que, afanosos, se esmeraban  en esparcir al aire sus olorosas fragancias; más cerca -por todos lados en realidad- decenas de coloridas avecillas canoras contaban -¿con tristeza?, ¿con alegría?- de sus amores y desamores; y, más allá, un tímido arroyuelo bullía discreto mientras perdía su delgado paso entre malezas y flores. Lo dicho: para todos, el nuevo día se desarrollaba en perfecta paz, esa paz que ella había escogido para vivir en Unquillo después de haberse jubilado. Sin embargo aquel, no era un día más. No para ella. Aquel día, lo recordaba -¿desde hace diez, treinta, cincuenta años?-, era el cumpleaños de él, de su primer, inolvidable y gran amor. Sin percatarse, como había sucedido en años anteriores, se acercó a la ventana y reclinando la cabeza al vidrio entrecerró sus ojos y en silencio, mientras su mente era invadida por los recuerdos que atesoraba desde siempre, una furtiva lágrima empezó a deslizarse por su rostro…

 

De súbito, una llamada telefónica que interrumpe aquel sólido silencio, que interrumpe su sollozo, que interrumpe sus recuerdos…

 

Intrigaba por lo temprano de la llamada y molesta por lo inoportuno, levanta el fono con evidente desgano.

 

-¿Aló…?

 - Aló, buenos días ¿Por favor se encuentra Gabriela? ¿Podría hablar con ella?, una voz grave, lejana, ansiosa, que inquiere… 

- Si, por supuesto, soy yo… ¿Quién pregunta?, intrigada, nerviosa por el tono familiar de su voz…  

- …. (un silencio, un sollozo que evidencia, que dice…) 

 - ¿Aló? ¿Quién habla? responda por favor… ¿Quién habla?, ganada por los recuerdos y por la emoción solo atina a decir: ¿José Antonio?... ¡¡¡José Antonio!!! 

Ya es mediodía y dos personas se dirigen a un reencuentro, soñado, esperado. Sin prisa pero sin pausa José Antonio camina por la calle La Capilla, al llegar a la 13 de Belgrano ingresa por la San Martín hasta el local de El Recodo del Sol. Ingresa y en una de las mesas, junto a un  escueto árbol coronado con un nido de golondrinas, divisa sentada a Gabriela. Bella, bellísima como siempre, masculla mientras carraspea. Ella y él llevan los mismos nervios, la misma incógnita de hace 50 años. Los mismos temores de la primera cita. Dos miradas que los acercan, dos sonrisas que muestran una sola alegría y trémulos labios que se acercan y rozan, cuatro manos temblorosas que contradicen la aparente calma de los dos. Solo se miran, se toman de las manos y se sientan. No hablan, solo se miran, se acarician y sonríen. Sonríen y lloran. Lloran y ríen. Ríen a carcajadas. Luego otra vez el silencio. Instintivamente se incorporan de sus asientos y se abrazan. Se abrazan y besan apasionadamente, como si tratasen de recuperar el tiempo perdido. Están nerviosos. Si hasta parecen dos chiquillos que se besan por primera vez.  De pronto una canción, canción inolvidable para ambos, invade el bucólico ambiente. 

Se separan, se miran y otra vez el silencio…

 -  Esa canción… ¿La recuerdas? dice él, levantando una de sus gráciles, temblorosas manos… -

Y…claro, como no me voy a acordar: la canción se llama “No Tengo Edad para Amar” y era cantada por Gigliola Cinquetti, responde sonrojada, emocionada por todas las emociones que en esos momentos está viviendo… 

- De eso hace ya tanto tiempo, dice él; tomando ambas manos… 

- Ni me lo recuerdes. Entonces tú tenías 17 años y yo de 14 añitos, era una nena, dice Gabriela, coqueta, riendo halagada, entrecerrando los ojos, sintiéndose como entonces, amada por él, incomprendida por sus padres… 

- Cierto, eras una nena…un linda nena, le  responde José Antonio mientras besaba sus dedos para luego pasar las manos de Gabriela por su ajado rostro… 

- Te amo, le dice, él - Yo también te amo, pero tengo miedo, le responde ella… 

José Antonio era hijo de un diplomático peruano comisionado en Argentina. Gabriella, por su parte, era la última hija de una familia de origen italiano de costumbres muy conservadoras. Apenas se enteraron de que su nena estaba en amores con un compañero de escuela la cambiaron de Colegio. El argumento: ¡Aún no tienes edad para enamorarte! Le dijeron. Al culminar el año, la familia de José Antonio regresó a su país. Desde entonces poco o nada supieron de cada uno. Ella se casó, tuvo hijos y enviudó. Él también se casó, tuvo hijos y se divorció.   

Pero ahora, Gabriela de 64 primorosos años y José Antonio con 67 otoñales años bien llevados, debían enfrentarse a la oposición -e incomprensión- de sus hijos:  

Casarse a esa edad les parecía a todos los hijos, una locura: ¡Por favor: ya no están en edad para estas cosas! Argumentaban, como si el amor conociera de edades. No hemos venido a pedirles permiso; sólo a informales les respondieron, con la misma convicción que los llevaría al altar. 

Gabriela y José Antonio se casaron y todos los hijos se encargaron de los arreglos para que sea una boda inolvidable. Ahora ambos comparten sus vidas con los mismo sueños y las mismas emociones de hace cincuenta años… 

José Octavio Huachani Sánchez

Periodista y escritor peruano